San Andrés en el peor momento de la crisis ambiental.

El deterioro ambiental que asfixia y despoja a San Andrés

Entre la sobre población, el turismo insostenible y la declaratoria de alerta amarilla emitida por Coralina, San Andrés atraviesa quizás el momento más crítico de su historia ambiental, sanitaria y socio cultural, mientras crece silenciosamente una amenaza aún más profunda: el deterioro ambiental que despoja sistemáticamente al Pueblo Raizal de su relación ancestral con el territorio.

La crisis se refleja en la capacidad de carga desbordada de una isla de apenas 27 kilómetros cuadrados. Mientras el DANE registra 57 mil habitantes, una cifra que la mayoría considera inferior a la realidad, San Andrés recibió en 2025 más de 1.127.806 turistas, cerca de 100 mil visitantes por mes y solo en el primer trimestre de 2026 ya suman 345.966 unos 115 mil por mes. Una presión insostenible para un territorio insular extremadamente frágil.

La alerta ambiental publicada el 7 de mayo, reveló la preocupante presencia elevada de nitratos, nitritos y contaminación fecal en aguas subterráneas de distintos sectores de la isla, evidenciando el colapso progresivo de un territorio sometido durante décadas a la presión urbanística, la sobrecarga turística y la incapacidad de planificación sostenible.

Pero antes de los informes técnicos, de los estudios y de las alertas institucionales, ya existía el caos ambiental y también pequeñas historias silenciosas que ayudan a entender cómo San Andrés llegó hasta aquí y el riesgo para los raizales. La historia de Albert Archbold (nombre ficticio por protección) es una de ellas.

Con lo que ha podido ahorrar de su salario como especialista en agronomía y medio ambiente, Albert finalmente logró levantar una malla reforzada alrededor de uno de los predios heredados por su padre, ubicado en una zona rural de la isla, donde antes del año 2000 vivían muy pocas personas.

Llevaba años planeando ese acto de defensa. Tuvo que soportar durante demasiado tiempo cómo vecinos nuevos en el sector arrojaban residuos de todo tipo dentro de otra de sus propiedades y cómo uno en particular convirtió parte del terreno en una chatarrera improvisada a cielo abierto.

Invasión territorial de desechos

Hierros oxidados, piezas metálicas, motores dañados, vehículos abandonados, plásticos voluminosos y escombros comenzaron a acumularse en su terreno bajo el sol inclemente y la lluvia salina de San Andrés.

Albert habla de esto desde el cansancio. A veces dice que quizás sería mejor venderlo todo e irse de la isla. Pero sabe que el problema va mucho más allá de sus propiedades. Lo suyo es apenas una de las múltiples caras del despojo territorial silencioso que atraviesan hoy los raizales.

Por años ha luchado por recuperar y proteger distintos predios heredados por su familia. Albert pertenece a una generación de raizales que todavía conserva sus tierras muchas de ellas en riesgo debido a que permanecen sin construcciones lo que las hace apetecibles a invasiones y acumulación de basuras.

Con Albert solemos recorrer sectores rurales relacionados con la agricultura y el campo isleño. Muchos agricultores siembran en terrenos que ni siquiera les pertenecen; lotes abandonados por inversionistas ausentes o continentales que nunca volvieron. Y por donde uno levante la mirada aparece la misma escena repetida: una chatarrera a cielo abierto, un basurero improvisado, montañas de objetos voluminosos, vestigios de consumo acelerado que se acumula lentamente en medio de la reserva.

San Andrés se continúa vendiendo al mundo como destino de sol y playa, pero más allá de esa postal turística, emerge el rebosamiento de las aguas residuales que contaminan el mar, los lixiviados filtrándose al subsuelo, la acumulación de residuos domiciliarios en las aceras de los barrios y los microplásticos integrados al paisaje costero. Entre 90 y 120 toneladas de residuos sólidos ingresan al relleno sanitario Magic Garden diariamente.

El ‘fraking’ sanandresano

Es una verdad a gritos que más turistas significan más consumo, más hoteles, más construcciones, más vehículos, más emisiones de gases, más residuos, más aguas residuales y más presión sobre sistemas de saneamiento y disposición final.

Más barrios sin planificación e invasiones significan daño a los ecosistemas, necesidades básicas insatisfechas, cordones de pobreza, conexiones ilegales, vertimientos improvisados.

Debajo de esta crisis ambiental subyace un proceso silencioso de despojo territorial sobre el Pueblo Raizal. La lideresa raizal Silvia Montoya Duffis, así lo afirma y asegura que durante décadas organizaciones y movimientos raizales advirtieron sobre las consecuencias de ignorar los límites ambientales de una isla pequeña y frágil, aunque muchas de esas voces fueron descalificadas o reducidas a discusiones políticas y de exclusión.

“Hoy la presión sobre el agua, la ocupación de humedales y manglares, el crecimiento poblacional desbordado y el deterioro de ecosistemas estratégicos están afectando directamente la calidad de vida y la permanencia cultural del pueblo raizal en su territorio ancestral”, sostiene Duffis quien además recuerda casos de invasión o despojo territorial como Villa Mary y New Guinea, en San Luis, donde incluso existen fallos judiciales de desalojo que nunca han sido ejecutados.

Falta de voluntad política e institucional

Desde que Coralina emitió la alerta amarilla la inacción institucional ha resultado tan inquietante como el propio diagnóstico. No obstante, el secretario de Gobierno, Miguel Castell reconoció la gravedad de la situación al afirmar que “compartimos la preocupación de la entidad ambiental, en el entendido de que son evidentes las razones que la fundamentan y que existen suficientes componentes técnicos y requerimientos anteriores que no tuvieron trámite porque no había voluntad política para enfrentar la grave crisis ambiental que se sigue acumulando”.

Mientras tanto, Neal Gómez Bent, líder ambiental raizal que desde 2015 comenzó a denunciar la invasión del humedal cercano al hospital departamental (Villa Mary), insiste en que buena parte del problema también tiene que ver con la falta de aplicación de las normas frente al comportamiento ciudadano.

“Aquí hay una barrera institucional entre la Secretaría de Convivencia Ciudadana y la Policía Nacional, quienes son los únicos facultados para implementar comparendos ambientales. Coralina hace requerimientos, pero la Policía no colabora. Es incomprensible que San Andrés, siendo Reserva de Biósfera, tenga apenas dos policías ambientales”, afirma.

Y San Andrés no es cualquier territorio. Es una isla coralina con acuíferos superficiales extremadamente vulnerables expoliada por centenares de pozos de barreno que perforan el subsuelo como coladores abiertos a la contaminación. A todo esto, se suma una pregunta que comienza a crecer entre la población: ¿qué está pasando con la gestión de residuos sólidos y con la empresa de aseos Trash Busters, encargada del servicio de recolección domiciliaria en la isla?

Buena parte de la percepción ciudadana es que la regularidad del servicio ha disminuido y que la capacidad de respuesta frente al crecimiento desbordado de residuos ya no resulta suficiente para enfrentar la crisis ambiental que vive el archipiélago.

Magic Garden: el corazón saturado

Pero quizás el símbolo más brutal del colapso ambiental sea el relleno sanitario Magic Garden el cual continúa operando al límite de su capacidad.

Su amenaza afecta directamente a comunidades raizales cercanas del sector Schooner Bight y alrededores, donde convivir con el relleno sanitario se ha convertido en una condena cotidiana. Basta acercarse para comprender que el sistema llegó hace tiempo a su límite.

En otra salida de campo con Albert terminamos detrás de uno de los vasos del relleno. Desde allí la imagen resulta casi irreal: una montaña inmensa de basura elevándose sobre terrenos donde agricultores raizales todavía siembran yuca y otros cultivos en pequeñas parcelas prestadas.

El contraste parece absurdo. A un lado, yucas creciendo pacientemente sobre tierra fértil. Al otro, una pirámide comprimida de residuos dominando el paisaje. Me entero entonces de que muchos de esos terrenos pertenecen a Sopesa S.A.S., mientras los agricultores simplemente intentan seguir sembrando allí donde todavía queda espacio.

Magic Garden lleva más de tres décadas funcionando bajo presión constante. Según la inspección técnica citada por Coralina, su vida útil prácticamente colapsó y tendría apenas alrededor de 17 meses de capacidad operativa restante.

La economía informal de la basura

En medio del abandono institucional y las malas prácticas ciudadanas, la chatarra y los escombros también terminaron convirtiéndose en una economía de supervivencia.

Muchas personas acumulan residuos metálicos, piezas plásticas voluminosas y materiales con la esperanza de venderlos o reutilizarlos algún día. Pero sin regulación ni infraestructura adecuada, esos depósitos terminan degradándose lentamente hasta convertirse en focos permanentes de contaminación.

Mientras algunos raizales intentan proteger sus predios con cercas improvisadas, otros terminan resignados a convivir diariamente con la basura dentro de sus propios barrios o parcelas.

San Andrés vive hoy una paradoja dolorosa. Necesita del turismo para sostener buena parte de su economía, pero el mismo modelo turístico y poblacional que la sostiene amenaza con destruir lo que hacía único este territorio. El medio ambiente sano.

Un riesgo inquietante…

La isla corre incluso el riesgo de perder su reconocimiento como Reserva de Biósfera Seaflower otorgado por la UNESCO. Y lo más inquietante es que ese escenario ya no parece lejano ni exagerado porque resulta cada vez más difícil sostener que San Andrés no atraviesa una realidad de colapso sanitario y ambiental.

Perder ese reconocimiento sería admitir que el modelo de desarrollo impuesto sobre el archipiélago terminó destruyendo precisamente lo que pretendía explotar como atractivo, pero también significaría algo todavía más profundo: aceptar la tragedia lenta del Pueblo Raizal, que ha ido perdiendo su relación con la tierra, reducido entre la sobrepoblación, el despojo territorial, la basura y el deterioro ambiental de un territorio que alguna vez fue su hogar ancestral y memoria.

Mientras todo esto ocurre, Albert, revisa regularmente el frente de malla en el terreno que le heredó su padre. Yo siento que está haciendo algo más que tensar la cerca, está protegiendo como un guardia raizal (raizal guard), los últimos fragmentos de pertenencia de una isla que se le está yendo de las manos.